¿De qué sirve?


Los domingos ser comienzo y no año, cómo antaño,
seguir salpicando, adelantando el reloj de pared,
para hacer idea que volveré a luchar.

Caminar después y echar atrás, cómo volver a
cruzar la Atlántida, siguiendo la marea entre tu
pelo y tus ojos llorar, así cantó la lluvia antes de bailar.

Contando los pasos, no quiero noches sin playas, cayendo
la madrugada sin tocar el suelo, que invierno, necesitando
más, sabiendo que no hubo un antes y su boca rodar.

Que prohibido es escribir canciones sin la anchura de su
cadera ser la confusión entre la guitarra y el violín, llevarse
las cuerdas desafinadas y rotas por no poder volver a tocarla.

Y aquí estoy parado, distraído con una luna en pleno día,
recorrer la memoria, desnudando la escala y el descanso,
jurando no regresar, cuando creí haberte visto volar.

Que triste nuestra historia sino la podemos contar...



















¿De qué sirve?

Si apenas te puedo soñar indefinido si estoy o no despierto,
que hoguera vaga entre mi boca añorar el limón y el salitre
del charco de tu océano ser la tormenta que me arrastraba
la voz y los sueños.

Y ahora la nostalgia es la envidia de constancia cuando no puedo
pararme de esta cama y desarropar la manta que sigue oliendo
al calor de tu cara del sol que tibiaba antes del alba.

-Sólo me queda el tiempo- recuerdo haberle dicho; pero cómo fiarme, si ahora el calendario cambio la puesta y nuestra visa, llegar a atrás, prendiendo la vela,
fugándonos por el puerto, donde compré un gran remo para alejar la vejez y no volver a prometer que pude contar nuestra historia.

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@rafaelnadalsimo